Título en España: El Último Viaje
Año de Producción: 1960
Director: Andrew L. Stone
Director de Fotografía: Hal Mohr, ASC
Emulsión: Kodak 5251 (50T)
Formato y Relación de Aspecto: 35mm esférico, 1.85:1
Vista en HDTV
El rodaje en un transatlántico real, sometido a explosiones y a un hundimiento parcial, obliga al veterano Hal Mohr a abandonar buena parte del control del estudio y proporciona a la película una inmediatez insólita para 1960.
La película
Raro precedente del cine de catástrofes que fue tan popular en el cine norteamericano de los años setenta, ya que contiene todos y cada uno de los elementos de la fórmula que se pondría de moda pocos años después, condensados en apenas noventa intensos minutos de proyección. Un viejo transatlántico realiza uno de sus últimos viajes antes de acudir al desguace, pero un problema en la sala de calderas genera un incendio que aparentemente no deja consecuencias.
Sin embargo, el fuego daña gravemente los sistemas de presión de una de las calderas, que estalla produciendo un boquete vertical a través de las cubiertas y un gran agujero en el casco. El buque comienza entonces a hundirse rápidamente.
El director Andrew L. Stone rodó el film a bordo del legendario barco francés SS Île de France, que acababa de ser vendido a un desguace japonés. El buque fue utilizado como decorado y sometido a numerosas explosiones e incluso a un hundimiento parcial, lo que añade gran verosimilitud a la película. Robert Stack, Dorothy Malone, Edmund O’Brien, Woody Strode y George Sanders —como el capitán que se empeña en negar que su barco va a hundirse hasta que es demasiado tarde— encabezan el reparto de una intensa película que mantiene perfectamente el interés más de sesenta años después de su rodaje.

El director de fotografía
El director de fotografía fue Hal Mohr [ASC], quien, a sus 65 años durante los varios meses de rodaje de 1959, era todo un veterano de Hollywood. Parece ser, además, que Mohr mantuvo todo tipo de disputas durante la filmación, en las que entraremos más adelante.
Sus orígenes como primer operador se remontan, como no podría ser de otra manera, al cine mudo, en el que trabajó en películas como la primera versión de “The Four Horsemen of the Apocalypse” (Rex Ingram, 1921), “Little Annie Rooney” (William Beaudine, 1925), con Mary Pickford, o “The Jazz Singer” (Alan Crosland, 1927).
Ya en el cine sonoro se ocupó de clásicos como “Captain Blood” (Michael Curtiz, 1935), con Errol Flynn; “A Midsummer Night’s Dream” (William Dieterle y Max Reinhardt, 1935), por la que ganó el primero de sus dos premios Oscar; o “The Phantom of the Opera” (Arthur Lubin, 1943), por la que obtuvo el segundo, compartido con el asesor de Technicolor W. Howard Greene. De su carrera posterior, que terminó precisamente con Mohr como asesor de Jack Hildyard en “Topaz” (Alfred Hitchcock, 1969), destacan “The Wild One” (László Benedek, 1953), con Marlon Brando, o “Rancho Notorious” (1952), a las órdenes de Fritz Lang.

Análisis del estilo visual
Seguramente Mohr y Stone tuvieron problemas porque el rodaje debió de ser muy poco convencional para los estándares de una época en la que Hollywood construía en plató todos los decorados de sus películas y renunciaba casi por completo a las localizaciones reales. Como Stone decidió no solo rodar en un barco verdadero, sino además hundirlo durante la filmación, ello debió de crear enormes complicaciones al veterano operador, acostumbrado a los métodos tradicionales del cine de estudio.
Aunque hay momentos en los que los cineastas tuvieron que recurrir al estudio para recrear determinadas situaciones, la decisión de Stone hace que la película tenga un aire diferente al del cine de la época. No posee exactamente un aspecto documental, aunque algunas imágenes sí lo pretenden durante la evacuación del barco, pero el rodaje en una localización real impidió seguramente a Mohr retirar paneles, paredes o techos para ubicar sus luces donde hubiera querido, algo imposible dentro del Île de France.
El aspecto algo sucio y directo, en contraposición al formalismo del cine de estudio, hace que todo parezca más cercano, a lo que el uso de un verdadero transatlántico favorece mucho, por supuesto.

Al estar rodadas dentro del barco real, algunas escenas poseen un aspecto sorprendentemente natural para un film de 1959, justo cuando Kodak lanzaba su nueva emulsión de 50 ASA. Esta sensibilidad resulta ridícula desde la perspectiva actual, pero doblaba los 25 ASA de la emulsión anterior. Mohr ilumina a veces desde un único lado y con poco relleno, como si la falta de paredes móviles lo hubiera obligado a hacerlo a través de las ventanas reales, por ejemplo en el puente de mando o en el salón principal del buque.
En otras escenas, bastante tiene Mohr con ocultar sus aparatos como para preocuparse del aspecto, lo que hace que este sea imperfecto pero, de nuevo, diferente del habitual en la época. Y cuando los cineastas muestran al barco inundándose o hundiéndose, la prioridad no era obtener una buena luz, sino simplemente captar esos momentos en celuloide, lo que vuelve a proporcionar al material un aspecto más directo. Sin embargo, en los exteriores diurnos esta prioridad perjudica a Mohr, con continuos cambios de luz fruto de rodar bajo todo tipo de climas y a diferentes horas del día.
Para ampliar sobre sensibilidad, emulsiones, exposición y estructura de grano:
El Negativo Cinematográfico (II): formato, sensibilidad, emulsiones y grano

Conclusión final
A pesar de que el presupuesto no fue demasiado elevado y de la renuncia al CinemaScope —quién sabe si para emplear cámaras y lentes más pequeñas y portátiles—, “The Last Voyage” proporciona un buen nivel de espectáculo gracias a su incomparable localización y al uso de efectos especiales físicos: fuego, explosiones y el agua entrando salvajemente en el buque a medida que los cineastas procedían a hundirlo de manera controlada mientras rodaban.
Algunos efectos especiales fotográficos destinados a generar la ilusión del hundimiento en las tomas generales, pese a su candidatura al Oscar, muestran sus costuras más de sesenta años después del estreno, pero cumplen su cometido dentro de lo sencilla que es la película. Curiosamente, la renuncia a la pantalla panorámica hace que Stone y Mohr aprovechen con frecuencia la altura de sus fotogramas, como en esos planos desde el puente de mando que aparentemente tienen mucho aire, pero encuadran perfectamente elementos verticales como las chimeneas del barco.
Por todo ello, “The Last Voyage” sigue siendo muy interesante, aun siendo una película rudimentaria e incluso tosca en sus formas, pero no por ello menos efectiva.
© Ignacio Aguilar, 2021. Revisada en 2026.
El autor
Ignacio Aguilar, AEC, es director de fotografía y autor de ON FILM & DIGITAL. Puedes conocer su trayectoria, explorar el archivo de reseñas, consultar su biografía profesional y sus trabajos seleccionados.