What Ever Happened to Baby Jane? (¿Qué Fue de Baby Jane?, 1962) – Fotografía de Ernest Haller
Título en España: “¿Qué fue de Baby Jane?”
Año de Producción: 1962
Director: Robert Aldrich
Director de Fotografía: Ernest Haller, ASC
Ópticas: Bausch & Lomb Baltar
Formato y Relación de Aspecto: 35mm esférico, 1.85:1
Premios: Oscar a la mejor fotografía en B/N (nom)
Vista en Blu-ray
Ernest Haller utiliza luz dura, negros profundos y una elaboración clásica de múltiples fuentes para convertir la decadencia de Bette Davis y Joan Crawford en un thriller claustrofóbico de extraordinaria solidez visual.
La película
Brillante adaptación de una novela de Henry Farrell, escrita por Lukas Heller y dirigida con la habitual soltura de Robert Aldrich, que tiene como protagonistas a dos hermanas que viven su vejez en una casa de Los Ángeles. Una de ellas, Jane (Bette Davis), fue una antigua estrella infantil que no consiguió dar el paso a estrella adulta, mientras que su hermana Blanche (Joan Crawford) fue una estrella adulta que, sin embargo, quedó paralítica como consecuencia de un accidente en la cúspide de su carrera.
Décadas después de su éxito, Jane todavía guarda recelos hacia Blanche y la mantiene cautiva en su casa, mientras fantasea con recuperar sus números infantiles. Thriller en el que parece ser que existió una legendaria rivalidad entre las dos actrices, “What Ever Happened to Baby Jane?” funciona a la perfección en todos los aspectos, desde la minuciosa escritura hasta la narrativa de Aldrich, pasando, por supuesto, por un duelo interpretativo de altura del que quizá salga vencedora Davis, que también tenía el papel más indicado para su lucimiento personal.

El director de fotografía
El director de fotografía fue el veterano Ernest Haller [ASC], nacido en 1896. Existe una leyenda acerca de su último trabajo, ya que fue contactado para el rodaje del segundo episodio piloto de una serie de televisión de ciencia ficción, como reemplazo de última hora de otro operador. Los productores de “Star Trek” (1966) preguntaron a Haller qué había rodado últimamente que hubieran podido ver, ante lo cual respondió que no mucho, que había estado semirretirado.
Cuando le preguntaron si había rodado algo que ellos pudieran haber visto, respondió: «Sí, una película que quizá podrían haber visto, en 1939… “Gone With the Wind”», de modo que se apresuraron a contratarle. Ganador de un Oscar por el film de Victor Fleming, producido por David O. Selznick, Haller, uno de los clásicos de Hollywood, también obtuvo seis nominaciones adicionales, casi todas por trabajos en blanco y negro.
Entre ellas figuran “Jezebel” (William Wyler, 1938), “All This, and Heaven Too” (Anatole Litvak, 1940), “Mildred Pierce” (Michael Curtiz, 1945), “The Flame and the Arrow” (Jacques Tourneur, 1950, esta vez en color), “Lilies of the Field” (Ralph Nelson, 1963) y el presente título. Haller también fue el operador de “Captain Blood” (Michael Curtiz, 1935), con Errol Flynn; “Rebel Without a Cause” (Nicholas Ray, 1955), en CinemaScope y color; “Dead Ringer” (Paul Henreid, 1964), una vez más con Bette Davis; o “In This Our Life” (John Huston, 1942), en la que también colaboró con la actriz.

Análisis del estilo visual
Parece ser que “What Ever Happened to Baby Jane?” fue una película de presupuesto muy reducido para la época, apenas 750.000 dólares, en la que seguramente tanto Aldrich como las actrices principales y los principales miembros del equipo tuvieron que reducir sus salarios habituales para poder afrontarla. Además del escaso dinero, llama la atención el apretadísimo calendario de rodaje —apenas cuatro semanas— para un film que supera las dos horas y diez minutos de proyección.
Por ello es absolutamente digno de alabar que, de no saberlo, nunca podríamos averiguar que los cineastas tuvieron que rodar tan deprisa, ya que ningún aspecto de la película, técnico o artístico, lo desvela en absoluto. Cierto es que Aldrich y Haller tuvieron la suerte de contar con un rodaje que en un 80% se desarrolló en interiores de estudio, lo que a buen seguro facilitó su trabajo, pero, aun así, la sencillez estilística de la propuesta y lo bien ejecutada que está evitan que esas prisas lleguen a la pantalla. Haller era un operador muy experimentado y, además, un especialista en blanco y negro, medio del que extrae un gran provecho en el presente film.
Trabajando en blanco y negro exclusivamente con aparatos de luz dura, dirigidos hacia diversos lugares del escenario y puntualmente sobre las actrices, Haller consigue una fotografía muy contrastada en la que no hay el menor atisbo de la iluminación hollywoodense de estrellas a la que estaban acostumbradas Bette Davis y Joan Crawford, ya que precisamente el film versa sobre su decadencia física y moral.
Davis parece ser que tuvo la idea —que habría aplicado ella misma— de concebir a su personaje como una mujer que nunca se lavaba la cara y se aplicaba una nueva capa de maquillaje cada día, de modo que luce una patética decrepitud que contrasta con la apariencia más natural de Crawford, en silla de ruedas. Pero lo interesante es el sistema de claroscuros que Haller emplea en torno a ellas, con negros muy profundos y mucho predominio de las zonas de sombra respecto de las zonas de luz, que hace que la película luzca muy contrastada y que las imágenes posean mucho interés.
Para ampliar sobre las ópticas clásicas empleadas en el cine de estudio:

Además, estos claroscuros están realizados a la manera de los clásicos: exponiendo sus interiores para aproximadamente un T/8.0 de diafragma, de modo que donde no inciden sus aparatos de luz la exposición está muchos pasos subexpuesta y esa zona aparece negra en pantalla. Hay efectos de luz entrando por las ventanas e incluso algunas fuentes integradas en pantalla, pero no es una fotografía naturalista ni pretende serlo. Busca potenciar la claustrofobia de la narrativa con estos efectos y el empleo de múltiples fuentes —principal, contraluz, relleno, fondos, lateral, etc.— en cada circunstancia, en una elaboración típicamente hollywoodense.

Conclusión final
Si el trabajo de Haller con la luz es muy bueno, no menos se puede decir de la puesta en escena de Robert Aldrich. Y lo más curioso es que realmente es una película en la que el director —al contrario de lo que quizá hubiera hecho Hitchcock, relacionado con este material por motivos obvios— adopta un perfil bajo, sin mostrarse en exceso, dejando que sean las actrices quienes lleven las riendas de cada escena y de lo que ocurre en ella.
Puede que Aldrich ya tuviera suficiente manejando a semejantes fieras interpretativas, pero no es una película en la que la puesta en escena coquetee demasiado con los movimientos de cámara y las virguerías técnicas. Los ángulos están escogidos siempre con mucho gusto y son los más certeros para contar lo que quiere contar cada plano, pero no son especialmente llamativos, ni siquiera cuando Aldrich y Haller emplean un temprano uso del zoom —posiblemente, el Angenieux 35-140mm f/3.5 que empleaba en Francia la Nouvelle Vague—. Los resultados globales son muy buenos, incluso con esa mezcla de oficio y sobriedad tras la cámara, muy bien complementada por la estupenda luz de Ernest Haller, quien hace todo lo que un cameraman tiene que hacer para crear un thriller de primer nivel en blanco y negro.
© Ignacio Aguilar, 2021. Revisada en 2026.
El autor
Ignacio Aguilar, AEC, es director de fotografía y autor de ON FILM & DIGITAL. Puedes conocer su trayectoria, explorar el archivo de reseñas, consultar su biografía profesional y sus trabajos seleccionados.